Es válido llorar
Hay una idea muy generalizada que habita en los hospitales, y que también se extiende a la vida en general: no demostrar dolor es señal de fortaleza.

Atendí el caso de una familia en la que nadie estaba al tanto del sufrimiento de la persona que tenían al lado. Todos sospechaban de la incertidumbre y tristeza por la que atravesaban como familia desde que al padre le habían diagnosticado cáncer, pero evitaban cualquier oportunidad de hablar acerca de lo que les pasaba internamente.
El padre, llorando desde el garaje. La madre y las hijas lo hacían cada una desde su habitación. Todos cerrados en sí mismos y sin tener a nadie con quién desahogarse. Trataban de funcionar lo mejor posible en condiciones cada vez más imposibles, y pudieron sostener la situación hasta el momento en que el desborde emocional se tornó insoportable. Así acudieron a consulta.
Esta semana, el caso de un paciente cuya esposa e hijos evitaban llorar frente a él. Según ellos se "hacían los duros" para que su dolor no afectara al paciente, que ya demasiado tenía con su diagnóstico y las intervenciones quirúrgicas, y lo último que querían era ser una carga más para él. Callaban por temor a empeorar las cosas, temor a que su llanto lo hicieran decaer aún más.
En ambos casos aparece la idea de que reprimir el dolor es la mejor opción. Simular que no pasa nada, como si alguien les hubiera dicho que no tiene que doler y que está prohibido sufrir. Por el contrario, es la opción menos saludable.
Reconocer realmente cómo estamos, sin simular bienestar ni esconder malestar, sino compartir los sentimientos y pensamientos acerca de lo cada uno está viviendo, es animarse a ser vulnerables. Dejarse ayudar y ser valientes para escuchar el sufrimiento de los demás es el punto de partida para una adecuada salud mental.
Tan importante como la contención y acompañamiento psicológico al paciente, es el apoyo, la comunicación y empatía dentro del grupo familiar. El momento en que tanto los pacientes como sus familiares se dan permiso de llorar, encuentran alivio de las tantas cosas que venían acumulando y una mayor claridad acerca de qué le pasa a cada uno.
También hay casos en que las personas no sienten vergüenza de llorar, que lo aprovechan como una herramienta psicoemocional para descargar el dolor por el enojo y las preocupaciones, los miedos y las amarguras. Y existe también un llanto que se percibe desde una actitud positiva, como las lágrimas que surgen al repasar la historia vivida, los recuerdos felices, agradecer por los momentos compartidos, decirse las cosas que hasta ahora no se dijeron y vale la pena mencionar… es un llanto que sana, porque trae paz aún durante el desafiante momento de la despedida de un ser querido.
Cuando las personas –a su tiempo y manera– aprenden que es válido llorar, entienden que en realidad no hay nadie a quien engañar y que el llanto nunca va a ser un problema sino una solución. Solución que valida el sufrimiento como una experiencia tan ineludible como genuina a elaborar para poder continuar, pero ya desde otro lugar.
Como palabras finales, tengo que aclarar que también para el personal de salud está permitido llorar. No somos ajenos al dolor. Nuestros ojos también se ponen vidriosos ante cada historia, diagnóstico, pronóstico, contratiempo y desenlace de cada enfermedad.
No podemos ocultar en nuestros gestos el impulso de lagrimear junto con los pacientes y familiares, ni deberíamos negar que inevitablemente también nos afecta a nosotros. Porque humanizar el llanto es el primer paso para una relación terapéutica sincera y un apoyo psicológico efectivo.
*Servicio de Cuidados Paliativos del Hospital Perrando










